
Columna de opinión de El Chimbero.
Bajada. El 3 a 2 ante Egipto no fue solo una clasificación sufrida. También fue una escena repetida en todo el país: familias abrazadas, plazas llenas, bocinazos, lágrimas y una alegría común que, por un rato, dejó en segundo plano las grietas de todos los días.
No fue solo fútbol
La Selección argentina de Lionel Scaloni viene logrando algo que en este tiempo vale casi tanto como una victoria: volver a producir un nosotros. El triunfo agónico ante Egipto, con una remontada que parecía imposible, no solo metió al equipo en cuartos de final. También sacó a miles de personas a las calles y volvió a demostrar que hay pocos lenguajes capaces de reunir tan rápido a una sociedad cansada, golpeada y muchas veces partida.
En San Juan, como en tantas otras provincias, la escena fue inmediata. La Plaza 25, el Parque y distintos puntos de la ciudad se llenaron de gente después del partido. No hacía falta preguntar de qué lado estaba cada uno en política, cuánto ganaba, ni de qué barrio venía. Alcanzaba con la camiseta, el grito y esa mezcla de sufrimiento y alivio que dejó el 3 a 2.
La identidad de un equipo que representa
Hay algo en esta Selección que excede el resultado. Scaloni armó un grupo que juega, sufre, se equivoca, reacciona y no se entrega. Eso conecta con una fibra muy argentina. No porque sea una postal perfecta, sino porque transmite esfuerzo, humildad competitiva y la sensación de que nadie se salva solo dentro de la cancha.
Durante años se discutió si la Selección representaba o no a la gente. Con este ciclo, esa discusión parece mucho más resuelta. El equipo no baja línea ni necesita discursos grandilocuentes para generar identificación. Le alcanza con competir de frente, mostrar carácter en los momentos bravos y hacer sentir que el escudo está por encima de cualquier figura, incluso cuando Messi sigue siendo el faro emocional y futbolístico.
Scaloni y el valor de la normalidad
Una de las mayores virtudes del entrenador fue devolverle normalidad a algo que durante mucho tiempo estuvo rodeado de histeria. Scaloni no construyó una selección de slogans. Construyó una selección seria. Y en esa seriedad hay una clave profunda de su éxito: eligió trabajo antes que show, grupo antes que ego y convicción antes que ruido.
Eso también explica por qué este equipo une. No vende una superioridad artificial ni una épica vacía. Lo que muestra es otra cosa: que aun en un país agotado de frustraciones, todavía conmueve ver a un grupo dejar todo por una causa común. Puede parecer poco. En la Argentina de hoy, no lo es.
Una alegría que suspende la grieta
Nadie debería romantizar de más lo que pasa con el fútbol. Un triunfo no resuelve la inflación, no arregla los salarios ni corrige las injusticias. Pero negar el poder social de estos momentos sería no entender nada. La Selección funciona como una pausa emocional colectiva. Por unas horas, millones de personas se reconocen en un mismo sentimiento y recuerdan que todavía existe un terreno compartido.
Ese terreno no es menor. En tiempos donde casi todo divide, que algo una de verdad tiene un valor enorme. No por ingenuidad, sino por salud social. Ver familias enteras en la calle, chicos, jubilados, trabajadores, vecinos de distintas ideas y distintas realidades celebrando juntos dice algo del país que todavía persiste abajo del ruido cotidiano.
Lo que deja el 3 a 2 ante Egipto
La victoria ante Egipto dejará su huella futbolística por la forma: por la remontada, por el coraje y por la descarga final. Pero también deja una huella emocional. Esta Selección sigue recordándole a la Argentina que, incluso en medio del cansancio, todavía hay cosas capaces de reunirla sin obligarla, sin manipularla y sin pedirle permiso.
Scaloni no solo dirige un equipo competitivo. Dirige, quizás sin proponérselo en esos términos, uno de los pocos símbolos contemporáneos que logran generar pertenencia amplia. Y en un país tan fragmentado, eso ya es muchísimo.
Una última idea
Tal vez por eso duele, se sufre y se festeja tanto. Porque cuando gana esta Selección, por un rato ganamos todos un poco: una excusa para abrazarnos, una emoción en común y la prueba de que la idea de estar juntos no está del todo perdida.
Fuentes: San Juan 8; San Juan 8; Tiempo de San Juan; Xinhua



